lunes, 20 de enero de 2014



The world is full of evil, lie, pain and dead. and you can't hide from it.
You can only face it.
the question is... when you do, ¿how do you respond?
What will you become?


-S.H.I.E.L.D

jueves, 16 de enero de 2014

Ickbarr Bigelsteine

Cuando era niño, me aterraba la oscuridad. Aún hoy me provoca escalofríos, pero cuando tenía seis años, no había una sola noche en que no llamara a mis padres llorando, sólo para buscar al monstruo que se ocultaba bajo la cama o dentro del clóset, esperando la ocasión para devorarme

Incluso con una lámpara de noche, veía formas oscuras moviéndose por las esquinas de la habitación o caras extrañas mirándome desde la ventana. Mis padres hacían lo posible para consolarme, diciéndome que eran sólo pesadillas o efectos raros que producía la luz, pero mi mente infantil creía que en el momento en que me quedara dormido, las cosas malvadas me atraparían.

La mayor parte del tiempo, simplemente me escondía bajo las cobijas y esperaba que el cansancio me venciera. Pero indudablemente perdía el control y corría gritando al cuarto de mis padres, despertando a mis hermanos en el proceso. Después de un episodio de esos, no había manera de que alguien pudiera volver a dormir en toda la noche.

Finalmente, después de una noche particularmente traumatizante, mis padres decidieron que ya habían tenido demasiado. Desafortunadamente para ellos, era inútil discutir con un niño de seis  años y terminaron por entender que no podrían ayudarme a superar mis temores infantiles a través de la razón y la lógica. Por eso tuvieron que manejarlo con astucia.

Mi madre tuvo la idea de confeccionarme un compañero para la hora de dormir.
Ella recolectó todo tipo de retazos de tela y con ayuda de su máquina de coser, creó lo que después llamaríamos Ickbarr Bigelsteine (se pronuncia “ícbar bíguelstain”) o Ick para abreviar. Ick era un monstruo de calcetines, según mi madre, y estaba hecho para mantenerme a salvo mientras dormía, asustando a los otros monstruos.

Honestamente, aún hoy me sigue impresionando el hecho de que mi madre pudiera idear algo tan extraño y darle una apariencia tan inquietante. Ickbarr tenía el aspecto de la mezcla entre un gremlin y Frankenstein, con grandes ojos de botón y orejas de gato caídas. Sus bracitos y piernitas estaban hechos de un par de calcetines con franjas blancas y negras que pertenecieron a mi hermana, y la mitad verde de su cara era en realidad una calceta de soccer de mi hermano. Su cabeza podría describirse como bulbosa, y para hacer su boca, mi madre había cosido un pedazo de tela blanca y sobre él había dibujado un patrón en zigzag, formando una amplia sonrisa con colmillos afilados. Lo amé en cuanto lo vi.


Desde entonces, Ick nunca se apartó de mi lado; después del atardecer, por supuesto, ya que a Ick no le gustaba el sol y se hubiera molestado de haber tratado de llevarlo conmigo a la escuela. Pero eso estaba bien, pues sólo lo necesitaba en la noche para alejar al coco. Así que cada noche, al llegar la hora de dormir, Ick me decía dónde se escondían los monstruos y así podía colocarlo en la sección de mi cuarto más cercana a los espantos.

Si había algo en el clóset, Ick bloqueaba la puerta; si había una criatura arañando la ventana, Ick estaría recargado en el cristal; si había una gran bestia peluda bajo la cama, entonces iba a dar bajo la cama. A veces los monstruos ni siquiera estaban en mi habitación, se escondían en mis sueños e Ickbarr tenía que acompañarme en mis pesadillas.

Era divertido llevar a Ick a mis sueños porque así podía pasar horas combatiendo espíritus y demonios. La mejor parte era que, en mis sueños, Ick podía hablarme de verdad.

Él me preguntaba
 — ¿Cuánto me quieres? 
– y yo siempre le respondía ''Más que a nada en el mundo.''

Una noche en un sueño, después de perder mi primer diente, Ick me pidió un favor.
     ¿Puedes darme tu diente?
     ¿Por qué?
     Para ayudarme a matar las cosas malas

A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi madre preguntó a dónde se había ido mi diente. Según me dijo, el ratón de los dientes no pudo encontrarlo bajo mi almohada. Cuando le dije que se lo había dado a Ickbarr, ella sólo se encogió de hombros y regresó a la cocina para darle de comer a mi hermanita. Desde entonces, cada vez que perdía un diente, se lo daba a Ick. Él siempre me lo agradecía, por supuesto, y me decía cuánto me quería.
Como era de esperarse, me quedé sin dientes de leche y me volví demasiado viejo para seguir jugando con muñecos. Así que Ick sólo se sentó en mi librero y fue acumulando polvo a medida que se desvanecía mi interés por él.
Sin embargo, con el tiempo, las pesadillas se volvieron peores que nunca. Eran tan terribles que comenzaban a seguirme al mundo real, volviendo terrorífica cada esquina oscura y cada ruido en los arbustos. Después de una noche particularmente mala, regresé en bicicleta de la casa de un amigo, mientras juraba que me perseguía una jauría de perros rabiosos, sólo para encontrar algo extraño esperándome en mi habitación. Allí, parado sobre mi cama, iluminado por la luz de la luna, estaba Ickbarr. Al principio, pensé que mis ojos me estaban engañando, como lo habían estado haciendo toda la noche, así que traté de encender la luz. Activé el interruptor una y otra vez, pero la oscuridad seguía allí. Fue entonces cuando comencé a ponerme nervioso.

Retrocedí lentamente hasta la puerta que estaba detrás de mí, mis ojos nunca dejaron de mirar la silueta de Ick, mi mano trataba de encontrar desesperadamente el pomo de la puerta. Estaba a punto de largarme de allí, cuando escuché la puerta cerrarse de golpe, dejándome en la oscuridad. En medio del silencio y las sombras, me quedé petrificado, sin siquiera poder respirar. No puedo decir por cuánto tiempo, pero después de lo que me pareció una vida de terror frío, escuché la estridente y familiar voz.

—Dejaste de alimentarme, así que ¿por qué debería protegerte?
— ¿Protegerme de qué?
—Déjame mostrarte.
En un parpadeo, todo había cambiado. Ya no estaba en mi habitación, estaba en algún otro lugar. No era el infierno, pero la comparación no estaba tan alejada. Era algún tipo de bosque, un lugar horrible y pesadillesco donde partes de fetos abortados colgaban de los árboles y el suelo estaba plagado de insectos carnívoros. Una ráfaga de densa niebla llenó el lugar y con ella, un olor a carne podrida, al tiempo que luces de bengala iluminaban el cielo nocturno. A la distancia, podía escuchar los gritos agonizantes de algo que no era exactamente humano. Mi cabeza palpitaba como si fuera a explotar y el dolor me hizo derramar un río de lágrimas. En mi mente, escuchaba de nuevo su voz.
—Esto es en lo que tu realidad se convertiría sin mí.
—Sentí cómo la tierra se sacudía y escuché pisadas aproximarse rápidamente.
—Soy el único que puede detenerlo.
Ahora estaba detrás de mí, sentí un gigantesco y enojado aliento que me quemó la espalda.
—Dime qué tengo que hacer y lo haré.
Desperté antes de poder darme vuelta.
Al siguiente día, registré el clóset de mis padres, encontré los dientes de leche de mi hermano y se los entregué a Ickbarr. Casi de inmediato los terrores cesaron y pude seguir, más o menos, con mi vida normal. De vez en cuando, tuve que entrar a escondidas en la habitación de mi hermanita y robar lo que debía ser para el ratón de los dientes, otras veces tuve que estrangular alguno de los gatos de mis vecinos y extraer sus puntiagudos incisivos.
Hacía cualquier cosa por mantener alejadas a las visiones, robaba desde un collar de diente de tiburón hasta un premolar cariado. También comencé a notar que Ick se movía por toda mi habitación cada vez que lo dejaba solo, cambiando mis cosas de lugar y poniendo cortinas extra. Cada vez parecía más vivo, sus dientes relucían y su tacto era cálido. Por mucho que me atemorizara, no tuve el coraje para destruirlo, sabiendo perfectamente a dónde me enviaría eso. Así que seguí recolectando dientes para Ick durante toda mi etapa de bachillerato y universidad. Aprendí a temer a más cosas a media que me hacía mayor, y por consiguiente, tenía que darle más dientes a Ick para que me protegiera.
Ahora tengo 22 años, un trabajo decente, mi propio departamento y una dentadura postiza. Ha pasado casi un mes desde la última vez que Ick comió y los horrores están empezando a rodearme de nuevo. Tomé una desviación al salir del trabajo y encontré a un hombre teniendo problemas con las llaves de su auto. Sus dientes estaban amarillos por toda una vida de cigarrillos y café, pero aún así, tuve que usar un martillo para sacarle las muelas.
Cuando regresé a mi departamento, él me estaba esperando en la esquina del techo, con sus ojos blancos y su boca llena de cuchillas.
— ¿Cuánto me quieres? —me pregunta
—Más que a nada en el mundo— respondo, mientras me quito el abrigo.
—Más que a nada en el mundo.



















martes, 28 de mayo de 2013

CeaseToExist.mp3



Sé que es difícil creer en algo cuando no se tienen pruebas, sobre todo si se trata de un asunto en el que los hechos parecen fragmentos de una historia de terror. Sin embargo, debo compartir esto con el mundo; todos deben conocer los peligros que acechan a los cibernautas curiosos y ávidos de nuevas experiencias, todos deben saber las consecuencias de tomar una decisión sin reflexionarla. Hago esto con la finalidad de prevenirlos. 

Soy una personas cuya vida ha estado plagada de vicios. Siendo relativamente joven, puedo jactarme de haber probado casi todo, desde alcohol y drogas hasta extrañas prácticas sexuales y experiencias «extracorporales». Pero llega un momento en el que termina el encanto, la novedad de lo desconocido, y por tanto pierde su efecto. Arribar a la cumbre del vicio y darte cuenta de que, aun mezclando sustancias, no existe más que una efímera sensación cuya experimentación se vuelve una aburrida rutina, es lo más decepcionante del mundo. Ahora creo que es mejor quedarse en los límites de lo conocido y no ahondar en cosas que podrían destruir la mente. 

Hace dos o tres años, no recuerdo, comencé con los sonidos binaurales. Primero probé lo básico como el I-Doser, después busqué otros que me brindaran experiencias más «fuertes». Fue así como encontré diversos tipos de frecuencias en la web normal y la profunda, todos con una extensa gama de sensaciones las cuales no tardé en agotar. En sólo unos meses había experimentado en su totalidad las sensaciones que esos audios ofrecían. 

Hace unas semanas que revisaba mi correo electrónico, encontré en la bandeja de entrada un mensaje de un tal «James Webber» con el asunto «Nueva dosis que debes escuchar». Creyendo que se trataba de spam, eliminé el mensaje sin verificar su contenido. Repentinamente, ese sujeto «James» me envió un mensaje instantáneo (lo cual me sorprendió, pues no lo tenía como contacto) preguntándome si no tenía curiosidad de probar aquella dosis. En otra ocasión hubiera bloqueado a aquel individuo e ignorado su oferta, pero encontré divertido su intento por venderme algo que no era novedad para mí. Le respondí cuestionándolo acerca de «lo nuevo» del audio, y mencioné que ya había escuchado todo tipo de frecuencias. «No como esto», repuso. Al momento, envió un link que dirigía a un servidor ruso de almacenamientos de archivos: «Te ofrezco una dosis gratis para que lo compruebes». 

Pensé en terminar con el asunto. Lo más probable era que el archivo fuera un virus y aquel sujeto alguien que buscaba perjudicarme. Pero, como si hubiera leído mis pensamientos, envió otro mensaje, «Puedes confiar en que todo estará bien. Pertenezco a un colectivo que apenas está comenzando y necesitamos apoyo para seguir. Si no te gusta, no volveremos a molestarte». Dudando y con cautela, hice clic. El archivo para descargar estaba comprimido en formato RAR y su nombre era muy extraño, tenía más de veinte letras y números que parecían haber sido elegidos al azar. O quizás no. Terminó de descargarse en menos de un minuto y lo abrí para comprobar que no corriera peligro. En el archivo comprimido había una carpeta de nombre semejante al anterior, y dentro, un audio titulado «CeaseToExist.mp3» con un .txt que decía «Instrucciones». Descomprimí ambos archivos y leí las instrucciones. Al escucharlo, tenía que estar acostado bocabajo con los ojos vendados, el audio a tope, usar audífonos. Aunque la última indicación me llamó especialmente la atención: «Concentrarse en el audio hasta llegar al borde del sueño. Cuando esté a punto de dormir, cambiar su posición a boca arriba». La nota terminaba ahí. Sin más, decidí hacerlo… No tenía realmente nada que perder. Coloqué la pista en el reproductor e hice todo lo que indicaba la nota. Sin ver su duración, presioné play. 

En un inicio la pieza no presentaba nada fuera de lo común; abría con un ruido parecido a la estática de un televisor, típico en la mayoría de los audios de este tipo. Luego de unos momentos, el ruido comenzó a disminuir mientras un débil tañido de campanas se apreciaba al fondo. Aquel sonido aumentó gradualmente, y fue alentándose hasta que se convirtió en una sencilla melodía. Distinguí algunos repiques más graves que otros, y prestando más atención me di cuenta de que eran tres notas musicales, do, re, fa, do, re, fa… Ese simple arreglo parecía un trozo de una melodía de cuna, tan agradable que me abstraje en aquellas y dejé de escuchar el molesto ruido del fondo. Los armoniosos acordes provocaron que comenzara a dormitar y estaba por abandonar mi estado de conciencia cuando el recuerdo de las indicaciones me cruzó la mente como un rayo: tenía que cambiar mi posición. Con pesadez, giré lentamente mi cuerpo, desde el torso hasta los pies, de modo que mi cara quedó frente al cielo. Los sonidos continuaban deleitando mi oído, mi respiración era cada vez más pesada y mi corazón latía con igual lentitud; me encontraba relajado como nunca en mi vida. Después de unos segundos comencé a sentir cómo se iba elevando mi cuerpo. Sentí que flotaba en el espacio… un efecto similar produce la dosis Zero Gravity, pero no en la magnitud en que yo percibí aquella levitación. Dejé que las ondas sonoras continuaran haciendo su trabajo sobre mi cerebro mientras los tañidos comenzaban a perder intensidad. Mi respiración apenas era perceptible, mis terminaciones nerviosas disfrutaban de una suavidad incomparable, parecía que mi cuerpo reposaba en una nube tan tersa como ninguna otra. Mis labios se movieron para formar una sonrisa en señal de alegría por tan apacible ambiente. No quería que todo terminara abruptamente, volver a enfrentarme a una vida tan insulsa y carente de sentido… no quería cambiar el Edén por la abyecta Tierra que no tenía nada más para ofrecerme que decepciones y tristeza. Intenté abrir mis ojos, pero fui incapaz de hacerlo —me encontraba tan extremadamente sosegado que, de no haber sido por aquel débil y mecánico golpeteo que se escuchaba en mi pecho, hubiera asegurado que estaba muerto—. Al igual que mis párpados, el resto de mis miembros continuaban sumergidos en el trance, inertes por voluntad propia, inconexos con mi mente y pensamientos. Aspiré profundamente y, mientras exhalaba el poco aire que hizo su camino a mis pulmones, mis piernas comenzaron a tener pequeños episodios de espasmos musculares. De igual manera los músculos de mis brazos se contrajeron involuntariamente a la vez que la temperatura de mi cuerpo empezó a elevarse; al parecer no todo se trataba de armonía y felicidad. Mi frecuencia cardíaca se aceleraba gradualmente, el zumbido se acrecentaba a cada centímetro que descendía. Al cabo de unos momentos se volvió insoportable para mis tímpanos, tan intenso que aún no entiendo por qué éstos no reventaron al percibirlo. Intenté mover mis miembros: no podía siquiera abrir los párpados. Mi cuerpo se encontraba tenso, inerte, totalmente rígido y con un dolor agudo, sobre todo en las muñecas y tobillos, un malestar parecido al que experimenta una persona que padece artritis. 

Quería gritar, pero mis labios no respondían a la orden de mi cerebro ni mi garganta producía sonido alguno, como si mis cuerdas bucales hubieran sido arrancadas de su lugar. Me estaba ahogando por la opresión incesante sobre mis pulmones, me estaba literalmente evaporado debido al infernal calor que abrasaba mi piel, mi corazón latía con tal ímpetu que las palpitaciones parecían auténticos puñetazos, como si mi órgano hubiera intentado quebrar el esternón y las costillas para huir del pandemónium en que se había transformado mi cuerpo. Una lágrima se escapó de uno de mis ojos y resbaló lentamente por mi rostro —mi piel ardía intensamente por donde había pasado, como si hubieran vertido una gota de ácido sobre mi cara—. La presión se extendió por todo mi cuerpo, ahincando en mi cabeza, pues mis párpados comenzaban a abrirse debido a que mis globos oculares estaban a punto de salirse de su órbita. 

No podía soportar más, había traspasado los límites de la resistencia humana, había cruzado los extremos del sufrimiento, llegado a un punto en el que no sabía si continuaba vivo o me encontraba agonizando en los confines del Infierno. Lo último que escuché, fue el intento de mis pulmones por introducir aire fresco, esforzándose desesperadamente por conseguir un poco de sustento. 

Exploté. O al menos, eso creí cuando recobré conciencia de mi ser. Afortunadamente, todo había cesado. La presión, el ardor, el dolor… todo lo que me había atormentado, se había ido. Sí, todo había desaparecido, inclusive mi cuerpo; no sentía mis piernas ni mis brazos, tampoco mis oídos y ojos. No escuchaba mi respiración ni los latidos de mi corazón, en realidad, no sabía si estaba escuchando, viendo, tocando, oliendo, saboreando o haciendo todo eso al mismo tiempo. Es casi imposible describir lo que pasé… lo que pasé ahí, es muy difícil comprender, incluso para mí, cómo yo era absolutamente nada en el infinito vacío… Como si hubieran encerrado a mi mente en una región sin límites ni extensión. Al principio, lo único que, podría decirse, “percibía” eran unas figuras amorfas las cuales seguían a mis pensamientos. Me concentré en una de ellas, era una especie de círculo deformado. Era gris, un gris tan opaco que no soportaba, así que lo imaginé verde. Y verde fue. Las otras figuras aparecían y desaparecían, dependiendo de la atención que les brindaba. Todo lo que existía y estaba era directamente proporcional a la medida en que yo lo creía; podía creer en un círculo rectangular y ante mí surgía la figura impensable e ilógica, en una gama de colores inconcebibles para la imaginación humana. Tuve más de cinco sentidos, inventé sentidos para percibir mis propias creaciones. Hice todo en un momento, el último momento que recuerdo, pues lo que siguió a ese lapso fue tan extraño que mi mente colapsó en medio de la confusión. En ese fragmento, creí haber conocido la esencia de Dios… Lo que prosiguió a este episodio quedará encerrado en mi memoria hasta el día de mi muerte. Me tomó algo de tiempo y mucho esfuerzo rememorar cómo había vuelto del caos. Recuerdo vagamente el sonido de un golpe, como si algo pesado hubiera caído al suelo, lo cual atrajo mi atención en ese instante. Estaba recobrando consciencia de mis sentidos, recuperando la lucidez que había extraviado. Escuché entonces otro sonido similar al anterior y de la misma manera sobrevinieron más, como si alguien hubiera golpeado un tambor repetidas veces para ayudarme a salir de la locura. El golpeteo fue acelerando de manera paulatina hasta formar una especie de ritmo. Mientras aquella salvación auxiliaba a mis sentidos para encontrar algo de coherencia, un intenso resplandor surgido de la nada irrumpió en el escenario, lacerando mi vista y aclarando mi mente. La luminiscencia aumentó al grado que, instintivamente, los bordes de mis labios se separaron para proferir un grito desde el fondo de mi garganta, debido al ardor que me provoca. Mis ojos comenzaron a distinguir una forma borrosa de color negro, que poco a poco fue transformándose en un objeto concreto: una lámpara de techo. Al momento de reconocer aquella figura mi garganta cesó de gritar y aspiré una bocanada de aire, con tanta desesperación, que parecía haber sido la primera vez que respiraba. Me incorporé violentamente; mi corazón, que me había salvado de la locura, latía con frecuencia excesiva, mi cuerpo estaba empapado en sudor y temblaba incontrolablemente. Cerré mis párpados e intenté regular mi frecuencia cardiaca y respiratoria. Después de unos momentos logré apaciguar un poco a mi corazón y pulmones, abrí los ojos y pude discernir mucho mejor los objetos y colores. Con lentitud, bajé mis pies e intenté pararme pero mis lánguidas piernas fueron incapaces de sostener el resto del cuerpo. Caí de bruces y con mucho dolor me arrastré hasta el baño, y apoyándome en el lavamanos, logré ponerme de pie y me recargué en él para evitar otra caída. Aún estaba temblando y jadeando, tuvieron que pasar varios minutos antes de que pudiera ejercer control sobre mis movimientos y horas para recuperar la calma en totalidad. Cuando recobré fuerza, elevé mi vista al espejo y observé detenidamente mi rostro: en mis facciones aún estaba dibujado un gesto de estupor y desconcierto, mi piel estaba pálida, gruesas gotas de sudor corrían por mis pómulos y frente, las pupilas de mis ojos se encontraban dilatadas. En ese momento supe que nunca volvería a ser el mismo de antes, jamás podría vivir en tranquilidad ni tener un momento de paz por lo que me restara de vida. Estuve contemplando mi cara por un tiempo, hasta que mi cuerpo dejó de tambalearse. Me enjuagué el rostro, salí del baño un poco aturdido y fui directamente a la habitación. Mi laptop, la única testigo de la horrible vivencia que acababa de pasar, se encontraba hibernando. 

Dormí poco esa noche, no podía conservar la calma, ni siquiera en mis sueños. Lo primero que hice la mañana siguiente fue abrir la laptop. Verifiqué la duración de la pista en el reproductor de multimedia y gran sorpresa me llevé cuando noté que, lo que me había parecido una eternidad, no duraba más de cinco minutos. Cerré la aplicación y eliminé el archivo de audio. El navegador también se encontraba abierto, maximicé la aplicación y estuve a punto de cerrarla cuando vi una notificación de un mensaje instantáneo de la persona que me había proporcionado el audio, preguntando si había disfrutado la experiencia y si estaba dispuesto a probar la versión completa. Me sorprendí al ver tal invitación; respondí que no estaba interesado, que tenía suficiente para toda una vida con lo que había experimentado. Sin embargo, él continuo insistiendo, por lo que yo, enojado, le escribí: “¡No compraré su maldita mierda!”, a lo que repuso: “No queremos venderte nada. Lo que nos interesa es analizar los efectos, estudiarlos. Si aceptas nuestra invitación, te haremos algunas pruebas inocuas como, por ejemplo, resonancias magnéticas, y a cambio tú podrás experimentar toda una galería de sensaciones y estados que ni siquiera imaginas…”. Tal respuesta me hizo enfadar más, pensé que todo eso era o una muy bien elaborada estrategia de mercadotecnia o un simple troll que estaba jugando conmigo. Decidí continuar la conversación, pues era demasiado orgulloso para permitir que “alguien” me humillara de esa manera. Como respuesta a su oferta, respondí: “¿Me creen estúpido, o qué? Ya dejé en claro que no me interesa en absoluto nada que tenga que ver con esa porquería. Si lo que quieren es vender la maldita cosa, busquen a otro que crea en sus pendejadas”. De lo único que me arrepiento en la vida, es no haber cerrado la ventana en ese momento; sabía que tenía que hacerlo, era en vano discutir con un imbécil que sólo escribía estupideces. No obstante, la curiosidad me incitó a ver su respuesta, mi maldita curiosidad momentánea provocó lo que hasta el día de hoy me causa recurrentes pesadillas. La contestación que recibí por parte del sujeto, me dejó tan atónito, que fui incapaz de responder al momento: 

Te conocemos Joel. Sabemos en donde vives, en donde trabajas, tus hábitos, tu historial médico y antecedentes penales. Sabemos de tus adicciones pasadas, los problemas legales que has tenido por el consumo de drogas, la asombrosa capacidad de tu cuerpo para asimilar las sustancias y no mermarse con el tiempo. Te hemos estado observando; conocemos tu inquietud por intentar algo nuevo, la urgencia que tienes por experimentar sensaciones desconocidas, intensas. Tú eres el individuo que necesitamos, tú puedes ayudarnos a dar un paso significativo en la ciencia. Acepta el trato Joel, no te arrepentirás”… Quedé pasmado por unos instantes y cuando reaccioné, no sabía qué escribir. De alguna manera, quien estaba detrás de la pantalla conocía detalles de mi vida que no había revelado ni a mis amigos más cercanos. Estaba metido en un problema serio, muy serio. Lo único que se me ocurrió fue preguntar quiénes eran. “Nosotros no importamos. Lo trascendental es tu respuesta. En treinta minutos tocarán a tu puerta unas personas y te preguntarán si aceptas o no. Si respondes afirmativamente, te llevarán en una camioneta hasta un apartamento y te darán instrucciones”. Al instante, inquirí con un poco de temor: “¿…y si declino la invitación?”. “No volveremos a contactarte, a menos que sea necesario. Pero deberás tener mucho cuidado con lo que hagas de ahora en adelante, cualquier acción estúpida acarreará una consecuencia. No te arriesgues de esa manera, te conviene aceptar la oferta”. 

Envié otro mensaje instantáneo, pero la cuenta aparecía como “desconectada”. Nunca recibí otro mensaje. Me senté en un sillón, con mi cabeza reclinada sobre mis manos. Analicé la situación sin encontrar solución; pensé en llamar a la policía y denunciar el acto, pero lo descarté. Era posible que aquellos sujetos tomaran medidas contra mi intento. Tenía miedo de llamar a alguien para contarle los sucesos, no quería que nadie más estuviera involucrado en el asunto ni mucho menos que, por mi culpa, sufriera algún daño. Todo esto rondaba mis pensamientos hasta que un golpeteo en la puerta principal me interrumpió. Fui a la ventana e intenté ver quiénes llamaban a la puerta: había una camioneta negra con vidrios polarizados estacionada frente al jardín, pero ningún pasajero a bordo. Volteé a la derecha y vi a dos hombres vestidos de negro aguardando a que abriera. Con temor, fui hasta la puerta y la abrí lentamente. Efectivamente, había dos sujetos altos y corpulentos, pero además una mujer de mediana estatura entre ellos. Todos llevaban gafas oscuras y vestidura negra. Pregunté con voz entrecortada qué era lo que deseaban, a lo cual la mujer repuso, simplemente: “Sí o no”. Quedé por un instante en shock, no entendía por qué no me llevaban a la fuerza en lugar de preguntarme si deseaba formar parte de aquello. Entonces supe que, para que el asunto funcionara, debía ser por voluntad propia; sin embargo, lo último que deseaba era volver a pasar por todo ese infierno, mucho menos uno con mayor duración, por lo que respondí con firmeza: “No”. Al momento, la mujer y el hombre a su derecha dieron media vuelta y, sin decir palabra, regresaron a la camioneta. El otro individuo me sostuvo con firmeza del cuello, casi asfixiándome y me susurró al oído: “Jamás tuviste una conversación en la que te ofrecieron la prueba, ni tampoco la conoces. Tú no sabes nada de nosotros, ni siquiera existimos. Cualquier acción que pretendas en contra de nosotros es inútil, cualquier intención por informar o probar tu historia será frustrada y traerá una consecuencia. Sabemos todo de ti y podemos hacer lo que nos plazca. Además, existen algunas sustancias que, para funcionar en el sistema de una persona, no se requiere de su voluntad… Quedas advertido”. Me soltó y siguió el mismo camino que sus compañeros. Estaba de rodillas en la puerta, recuperándome de aquel casi estrangulamiento, mientras veía desaparecer a la camioneta en los límites de la calle. 

Desde entonces, he pasado días y noches sin una pizca de tranquilidad; casi no duermo debido a las pesadillas que atacan a mi subconsciente a cada momento. He perdido el apetito, me he aislado completamente del mundo por temor a que esos bastardos lastimen a quienes conozco. Los medicamentos son infructuosos; el daño ocasionado a mi mente es incurable e irreversible. Algo se quebró ahí adentro, algo que ninguna terapia, ningún remedio ni médico podrá arreglar. Ir a la policía sería igual de vano que ir con un psiquiatra. He perdido mi salud, mi trabajo, mis amigos, mi vida… he perdido todo por un maldito lapso de cinco minutos, por una decisión mal tomada. Cuando revisé la papelera de reciclaje, encontré el archivo MP3 intacto —la nota, por el otro lado, había desaparecido, como si alguien hubiera hackeado mi laptop—. Supongo que lo dejaron para que recordara mi desgracia, para que supiera que ya no había lugar en el mundo para mí si no era con ellos. 

Me observan a cada momento, saben a dónde voy y lo que hago. Incluso siento que, en cierta manera, controlan mis acciones. Aun escondido aquí, saben que estoy escribiendo esto, pero, ¿por qué lo permiten, si es un hecho que voy a hacer todo lo posible para que esto salga a la luz?… Quizá, al estar internet lleno de historias extraordinarias y sobrenaturales, piensan que ésta pasará a ser otra narración falsa, una leyenda sin bases para comprobar su veracidad, una historia más. O tal vez ellos buscan que la historia se difunda, que recorra cada sitio en internet y se popularice, así podrán conseguir personas que estén dispuestas a entregar su cerebro para quien sabe qué fines. Oh Dios, ¿qué he hecho? Cuando lean mi experiencia, la gente creerá que lo que experimenté fue algo divertido, cuando en realidad fue todo lo contrario. ¡Ellos lo saben! Saben que, sobre todo los jóvenes, se sentirán atraídos por las sensaciones que describí, saben que no podrán resistirse a probar algo que les causará efectos mucho más intensos que las drogas convencionales. ¡Ellos tenían planeado que yo escribiera esto! Ya no me queda suficiente tiempo para corregir el daño, lo único que puedo hacer es advertirles: NUNCA descarguen de internet CeasetoExist.mp3, ni en ningún otro formato, aunque creo que será algo difícil encontrarlo. NUNCA prueben dosis de dudosa procedencia, pero más que nada, JAMAS acepten hacerlo. 


(El texto de bloc de notas termina aquí). 

NOTA:  


 : el anterior texto me fue facilitado por una persona allegada a mí, cuya identidad no puedo revelar por cuestiones de seguridad. Este individuo asevera ser pariente del protagonista de la historia, quien vive en Estados Unidos y le mandó por correo electrónico su experiencia (originalmente escrita en inglés) junto con un archivo de audio que aparentemente, es la pieza que se menciona en la historia. Yo no traduje la historia, ya que quien me la envió se había encargado de hacerlo, sino que corregí algunas cuestiones ortográficas, gramaticales, de sintaxis y modifiqué algunas palabras para hacer más apacible la lectura. 

No poseo el texto original ni la pieza de audio, no sé si es un Hoax (aunque lo dudo, puesto a que conozco personalmente a este sujeto) y desconozco si el audio original se encuentra en algún sitio. Tampoco he podido contactar a quien me pasó el texto, así que no sé si la historia (en inglés) fue compartida en otros sitios ni tampoco si el archivo de audio esté disponible para descargar en algún servidor

miércoles, 1 de mayo de 2013


Suicide Mouse 


Desde un tiempo hasta ahora ronda un vídeo en internet sobre una antigua cinta de Walt Disney que se dice que buscando videos de mickey, como un tipo de recopilacion de videos sobre el raton para hacer un DVD, encontraron una cinta que tenia el nombre de 'Suicide Mouse', que data como de los años 1920 - 1930 por ahi, siendo asi una de las cintas mas antiguas del raton, o porlomenos asi se sabe hasta ahora. 

El asunto es que por motivos obvios revisaron la cinta para ver que onda y el editor que estaba a cargo de la cinta, cuando la empezo a ver no aguanto verla entera y la vio como hasta el minuto 7, y apreto cachete shockeado por el contenido de la cinta, entonces le pidió a otro compadre que la terminara de revisar, y despues de que el otro encargado la termino de ver, salio de la sala supuestamente balbuceando algo como que le habian destrozado la vida, tomando el arma del guardia que pasaba por ahi y se pego el tiro. 

Hoy en dia, corre por la red el ¨ Mito ¨ sobre ¨ Suicidemouse.avi ¨ ( Versión asimilada y digitalizada ) ... lo que verán son los 7 min que alcanzo a ver el primer editor del video y que recuerda el editor quien detona el rumor , los otros 2 min. restantes son un enigma hasta el momento , ya que el vídeo está bajo custodia y análisis según fuentes de la propia empresa . 
''...Luego de que la pantalla se volvía negra, se quedaba asi hasta alrededor del 6to minuto, para volver al mismo Mickey caminando, pero el sonido era diferente esta vez. Era un murmullo, no era un lenguaje, sino mas bien un llanto entrecortado. A medida que el sonido se volvía mas indistinguible y fuerte por el siguiente minuto, la imagen comenzaba a enrarecerse. El camino comenzaba a ir en direcciones que parecen imposibles basadas en la fisica de Mickey caminando, y su mirada cabizbaja de a poco se tornaba en una mirada de satisfacción. Al 7mo minuto, el llanto se volvía un grito que helaba la sangre (aquel que duele escuchar), y la pelicula se volvía más oscura. Aparecian colores que parecian imposibles para la época, y el rostro de Mickey se empezaba a deshacer, sus ojos caidos hacia su barbilla, y su sonrisa apuntaba hacia el lado izquierdo de su rostro. Los edificios se tornaban de forma irregular, flotando en el aire, y el camino era aun imposible de recorrer por sus direccione curvadas, algunas imposibles para lo que nosotros humanos, conocemos como direccion. Maltin, perturbado, abandonó la habitación, enviando a un empleado para terminar el video y tomar algunas notas de todo lo que ocurriera hasta la finalización del video. Este grito distorsionado duraba hasta alrededor del 8vo minuto y de repente de corta a la cara del Mickey Mouse que aparece en los créditos al final de cada película, con lo que sonaba como una caja de música rota. Esto se mantuvo por alrededor de 30 segundos, y no he logrado conseguir información de lo que sucede en los últimos 30 segundos. Según el guardia de seguridad que hacía guardias alrededor de la habitación, luego terminada la película, el empleado salió de la habitación tropezando, pálido, y repitiendo "no se conoce el verdadero sufrimiento" siete veces, antes de tomar rapidamente el arma del guardia y apuntarse a la cabeza. Lo que pude saber por Leonard Maltin es que en el último fragmento aparece un texto en ruso que decía "Las vistas del infierno traerán de vuelta a los espectadores" Hasta donde se, nadie más lo ha visto, pero ha habido docenas de intentos de los empleados dentro del estudio de poner el video en rapidshare, y todos ha perdido el empleo. Si esta online o no es un debate, pero los rumores es que esta bajo el nombre "suicidemouse.avi". Si alguna vez consigues una copia del mismo quiero que no lo veas nunca, y contactame inmediatamente por telefono, no importa el momento. Cuando una muerte en Disney es tan bien cubierta como esta, significa que detrás hay algo importantisimo.

Veanlo bajo su propio riesgo :3
 


LINK DEL VIDEO ----> http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=C_h1dY66Rm4

lunes, 15 de abril de 2013

El Suicidio del Calamardo

Este es uno de los creepypastas más macabros que jamás haya visto. Debo darle mucho crédito al autor, puesto que usa un léxico y estructura impresionante y espeluznante, además del hecho de que una vez que empiezas a leerlo no paras por mas que sabes que te vas a asustar más y más con cada palabra que leas. Por cierto, acompaño el creepypasta con un video (mismo que aun no me atrevo a ver (cualquiera que lo quiera ver por favor comente de que trata) ), lo que lo convierte en un video-creepypasta. Sin mas preámbulo aquí la tienen: El Sucidio de Calamardo:

“Comenzaré diciendo que si quieren una respuesta al final, estarán decepcionados.
No hay una.
Fui interno enNickelodeon Studios durante el 2005 para obtener mi título en animación. No me pagaban; de hecho la mayoría de las pasantías no son pagadas, pero tuve algunas experiencias más allá de la educación.
Los adultos no lo ven como un buen trabajo, pero la mayoría de los niños se cagarían si pudieran estar ahí. Como trabajaba con editores y animadores, me tocaba ver los capítulos nuevos antes de que salieran al aire. Iré al grano sin dar muchos detalles.
Acababan de hacer la película de Bob Esponja y el staff entero estaba falto de creatividad, así que les tomó mucho tiempo iniciar lasiguiente temporada. Pero en realidad, el retraso duró más por razones perturbadoras.
Hubo un problema con el primer episodio de la temporada que retrasó por meses a todos y a todo. Otros internos y yo estábamos en elcuarto de edición junto con los animadores principales y los editores de sonido, listos para hacer el corte final. Recibimos una copia de lo que se suponía era “Fear of a Krabby Patty” y nos reunimos alrededor de la pantalla para ver. Ahora, dado que no era el corte final, a veces los animadores ponían un título falso en tono de broma, un chiste interno como “Como no funciona el Sexo” en lugar de “Rock-a-by-Bivalbe” cuando Bob y Patricio adoptan una ostra.Nunca fue nada en particular gracioso, pero siempre fueron chistes relacionados con el trabajo. Así que cuando vimos como título “Squidward’s Suicide (el Suicidio de Calamardo)” no pensamos que fuera algo más que una broma mórbida. Uno de los internos incluso emitió una risa seca.
Comienza con la música alegre de siempre.
Inicia conCalamardo, practicando con el clarinete, errando algunas notas como siempre. Oímos a Bob riéndose afuera; Calamardo se detiene y le grita que se calle, puesto que tiene un concierto esa noche y necesita practicar. Bob dice que sí, y se va a ver a Arenita junto con Patricio.
La splash screen de burbujas aparece y entonces vemos el final del concierto de Calamardo.
Aquí fue donde todo se puso raro.
Al estar tocando, algunos cuadros se repitieron una vez, pero el sonido no (en este punto el sonido ya está alineado a la animación, y eso no era común), pero entonces deja de tocar, el sonido termina como si nada hubiese pasado. Hay murmullos en la multitud antes de que comiencen a abuchearlo.
No eran abucheos de caricatura comunes en el show, se podía escuchar malicia en ellos.
Calamardo estaba visible de pie, nervioso y viéndose asustado. La imagen cambia, esta vez hacia el público; Bob Esponja está en el centro, y también abuchea, comportándose muy diferente a como lo hace siempre.
Lo más raro de todo, es que todo mundo tiene ojos híper realistas. Muy detallados. Claramente no fotos de ojos reales, pero algo un poco más real que CGI. Las pupilas rojas. Algunos nos miramos entre sí, obviamente confundidos, pero como no éramos los escritores, nunca nos preguntamos como le atraería eso a los niños… aún.
La toma cambia: Calamardo sentado en la orilla de su cama, viéndose muy mal.
Por su ventana se ve la noche, así que espoco después del concierto. La parte más aterradora es que en este punto, no hay sonido. Literalmente. Ni siquiera el sonido de los speakers en la habitación. Como si estuviesen apagados, aunque estaban trabajando perfectamente.
Calamardo solo estaba ahí, sentado y parpadeando en silencio como por 30 segundos, entonces comenzó a llorar. Sonaba como una pequeña brisa a través de un bosque. Luego se cubrió la cara y lloró en silencio por un minuto, mientras el sonido poco a poco comenzó a intensificarse.
La pantalla poco a poco comienza a acercarse a su rostro. Por “poco”, me refiero a que solo es notable si miras las tomas con 10 segundos de diferencia. Su llanto se vuelve más fuerte, lleno de dolor e ira. La pantalla se deforma, como si se doblara sobre sí por un segundo antes de volver a la normalidad. El sonido leve como de viento se vuelve más intenso y más severo, como si hubiese una tormenta.

La parte tétrica es que este sonido y el llanto de Calamardo suena demasiado real, como si el sonido no viniera de los speakers, como si estos fueran agujeros y el sonido viniese de otro lado.
Aún si el estudio tiene un buen equipo de sonido, no tienen el equipo necesario para producir sonido de esta calidad.
Bajo el sonido del viento y el llanto, algo comenzó a sonar, una especie de risa en intervalos raros y nunca durando más de un segundo para que no pudieras oírlo con facilidad (vimos esto dos veces, así que perdónenme si las cosas suenan muy específicas, pero he tenido tiempo para razonar sobre ellas). Luego de treinta segundos de esto, la pantalla se puso borrosa, se torció violentamente y algo parpadeó rápidamente sobre la pantalla, como si faltara un cuadro de animación. El editor principal de animación puso pausa y regresó cuadro por cuadro.
Vimos algo horrible. Era la foto de un niño muerto, de no más de seis años de edad. Su cara estaba deformada y ensangrentada, un ojo
colgando sobre su rostro. Estaba en ropa interior, con el estómago abierto y las entrañas yaciendo a su lado. Estaba tirado en una especie de pavimento, probablemente algún camino.
La parte más aterradora era que se podía ver la sombra del fotógrafo.
No había cinta del crimen, no había evidencias o marcas, y el ángulo estaba completamente erróneo para ser parte de evidencia de un crimen. Parecía como si el fotógrafo fuese el culpable de la muerte del niño. Estábamos mortificados por supuesto, pero seguimos, esperando que fuera una broma torcida y enferma.
La pantalla regresó de nuevo a Calamardo, aún llorando más fuerte que antes, y con la mitad del cuerpo en la toma. Ahora, había sangre corriendo por su rostro, saliendo de sus ojos; los cuales estaban dibujados de forma hiper-realista, como si al tocarlos, pudieses mancharte de sangre. El viento ahora sonaba como un huracán a través de un bosque; incluso con sonidos de ramas rompiéndose.
La risa, un barítono profundo, ahora duraba más y era más frecuente. Tras 20 segundos, la pantalla volvió a deformarse para mostrar una foto de un solo cuadro. El editor dudó en repetirla, pero sabíamos que debía hacerse.
Ahora, la fotografía era de una niña pequeña, no mayor que el niño de la primera. Estaba tirada sobre su estómago, un charco de sangre a su lado. Su ojo izquierdo también había sido extraído, y estaba en ropa interior. Sus entrañas estaban en su espalda, saliendo de un corte. De nuevo, el cuerpo estaba en la calle y se podía ver la sombra del fotógrafo, similar en tamaño y forma a la primera.
Casi vomité, y una interna, la única mujer de la habitación, salió corriendo. El show continuó. Luego de cinco segundos tras la foto,Calamardo se calló al igual que todo sonido, como cuando empezó. Se retiró las manos y sus ojos estaban dibujados en híper-realismo como los otros al principio del episodio.
Sangraban, inyectados de sangre y pulsando. Solo miraba la pantalla, como si viese al espectador. Luego de 10 segundos, comenzó a sollozar, esta vez sin cubrirse los ojos. El sonido era agudo y fuerte, y mezclado con gritos. Lágrimas y sangre escurrían por su rostro como un torrente.
El sonido de viento volvió junto con la risa de voz profunda, y esta vez la fotografía duró por 5 cuadros.
El animador pudo detenerla en el cuarto y retrocedió. La foto era de un niño de edad similar a los anteriores, pero esta vez era diferente.
Las entrañas estaban saliendo del estómago, siendo arrancadas por una gran mano; el ojo derecho arrancado y colgando, sangre escurriendo de él. El animador procedió.
Era difícil de creer. Avanzó al siguiente cuadro, la misma cosa. Volvió al primero, reproduciéndolos rápidamente y entonces yo me quebré. Vomité en el piso; los animadores y editores estaban viendo horrorizados la pantalla.
Los 5 cuadros no eran 5 fotos diferentes, eran los cuadros de un video. Vimos como la mano levantaba lentamente las tripas, vimos los ojos del niño enfocándose en la mano, y vimos parpadear al niño los últimos dos cuadros. El editor principal de sonido nos dijo que paráramos, que tenía que llamar al creador para que lo viera por sí mismo. El Señor Hillenburg arribó quince minutos después, confundido y sin saber porqué lo habían llamado, así que el editor siguió con el episodio. Una vez que terminaron los cuadros, Calamardo volvió a aparecer, viendo al espectador, la toma enfocada en su rostro por 3 segundos. La toma se abrió, y una voz dijo “hazlo”, mientras Calamardo sostenía una escopeta.
Inmediatamente pone el arma en su boca y jala el gatillo. El muro tras él acaba salpicado por sangre y materia gris realista, y Calamardo sale despedido hacia atrás con fuerza.
Los últimos cinco segundos muestran su cuerpo sobre la cama, de costado, y un ojo cuelga de lo que queda de su cabeza, viendo fijamente el suelo.
El episodio acaba. El señor Hillenburg está furiosoy demanda saber qué demonios está pasando. Muchos dejaron el cuarto en este momento, así que solo unos cuantos de nosotros lo vimos de nuevo. Ver el episodio de nuevo solo sirvió para que se grabara en mi mente y me produjera muchas pesadillas. Siento mucho haberme quedado.
La única teoría que tenemos es que el archivo fue editado por alguien en la cadena desde el estudio de dibujo. Llamaron al CTO para que analizara qué había pasado. El análisis del archivo muestra quele grabaron material nuevo; y por más que intentamos averiguar qué había ocurrido, no logramos encontrar nada.
Hubo una investigación respecto a las fotos, pero no obtuvimos información de ellas. No se identificó a ningún niño, yno encontramos pistas de la información o pistas físicas en las fotos.
No creía en fenómenos inexplicables antes de esto, pero ahora sé que cuando algo pasa y no puedo probar qué lo ocasionó, lo pienso dos veces.”
Sin palabras. Simplemente escalofriante! Acá abajo les dejo el vídeo… véanlo si se atreven!
LINK del video--------> http://www.youtube.com/watch?v=otSKL4dGq9M 

domingo, 14 de abril de 2013


LLUVIA DE CASTIGO

Recuerdo perfectamente el día en el que todo comenzó, como si fuese ayer: volvía del trabajo a casa, a la hora de comer, conduciendo con la cabeza cargada de pensamientos. Ideas acerca de mi tambaleante relación con Esther. En las últimas semanas la tensión entre nosotros había ido creciendo hasta llevarnos casi a un punto de ruptura. ¿Y por qué? Por mi negativa a ser padre. Desde siempre, desde el primer momento de la relación, le dejé claro que jamás traería un hijo, mi ser más querido, a este mundo de mierda. Y ella estuvo de acuerdo, pensaba igual que yo; pero han pasado muchos años desde entonces y todos hemos cambiado, madurado en un sentido u otro. Ahora, activado repentinamente como un resorte, su instinto maternal lo impregna todo. Ser madre es su mayor deseo y yo no soy quién para arrebatarle ese derecho; de igual forma que ella no puede negarme el mío a no serlo. Así estaban las cosas.

Estacioné el coche junto al parque donde solía hacerlo todos los días y salí para dirigirme a casa. Envuelto en mi asumido fatalismo, caminaba con desgana por la acera cuando escuché un fuerte golpe a mis espaldas. Sobresaltado, me giré de inmediato, y no tardé en descubrir que había sido el capó de mi coche el que lo había recibido. Presentaba una abolladura notable en su centro, se había saltado la pintura. La sorpresa fue cediendo el paso a la rabia; miré frenético por todos lados buscando culpables. En unos segundos me percaté de lo que había golpeado mi coche: era un fémur humano, tirado junto a la puerta del conductor.

Pestañeé varias veces sin poder creerlo. ¿De verdad era un fémur?

Me agaché para poder verlo más de cerca y, cuanto más aproximaba la cara, más evidente resultaba que, en efecto, así era. Amarillento, de aspecto rancio y como corroído… sólo podía ser lo que parecía. De nuevo miré frenético alrededor, esta vez temiendo por mi propia vida —¿quién podría haberme lanzado un hueso humano?—. Pero no vi ni escuché a nadie. Tampoco había ningún edificio, ningún sitio de donde lanzar el hueso y esconderse con facilidad; el espacio era demasiado abierto en torno a mí… y eso me asustó aún más.

Marqué atropelladamente el número de la policía y les conté como pude lo que acababa de ocurrirme. Temí que no me creyesen, que se riesen o mosqueasen conmigo. Pero no; tras tomarme los datos el agente al otro lado me dijo que estarían ahí en minutos. Así fue. Del coche patrulla se bajaron cuatro agentes, dos de ellos vestían trajes blancos de esterilización y pronto comenzaron a sacar fotografías, tomar muestras de la pintura, de alrededor del hueso… mientras los otros dos me tomaban una declaración rápida. Todo me resultó extremadamente fugaz, casi irreal, supongo que a causa de mi enorme confusión. Cuando terminaron conmigo volvieron a su coche, deprisa, tanto… que apenas sí tuve tiempo de preguntarles qué podía significar todo esto. El conductor me dirigió una mirada comprensiva antes de despedirse con una frase que explicaba en parte su urgencia pero que me dejó aún peor de lo que ya me encontraba: «Están cayendo por todas partes».

Iba subiendo por las escaleras, pensando en lo que iba a decirle a Esther para explicar mi tardanza. Mis palabras sonarían como una excusa pueril, estúpida, ridícula. ¿Sabes qué, Esther? Me acaba de caer un fémur humano en el coche y me lo ha abollado. He tenido que llamar a la policía y… ya me imaginaba la cara que me iba a poner. Pensaría que me estaba burlando de ella y de todo su árbol genealógico, intentando ocultar quién sabe qué cosa imbécil, impropia de un hombre adulto y maduro.

Entré en el piso tragando saliva, dirigiéndome hacia el salón por el pasillo como si éste se hubiese transformado en mi corredor de la muerte particular.

—Buenas —dije. Ella estaba viendo la televisión.

—Hola —susurró, sin mirarme.

—No te vas a creer lo que me… —comencé, pero ella me mandó callar con un rápido gesto del índice sobre los labios. Estaba absorta con lo que decían en las noticias. Así que guardé silencio y, curioso por saber qué le causaba tanto interés, yo también presté atención a la pantalla.

Lo que estaban diciendo era que por todos los países del mundo, por zonas rurales y urbanas, dispersos pero no escasos, estaban lloviendo huesos humanos. Cráneos, húmeros, costillas, fémures, tibias… Lloviendo huesos humanos. Eso fue justo lo que dijeron.

Las imágenes mostraban a personas junto a los huesos caídos explicando lo que habían vivido, videos de baja calidad tomados con móviles siguiendo el descenso desde los cielos de un hueso girando sobre sí mismo. Los destrozos causados por algunos en distintos elementos de la ciudad. Escenas de ataques de pánico. Niños llorando al ver a sus madres llorar.

Sin darme cuenta, yo también estaba temblando.

Me envolvió la sensación, la absoluta certeza, de estar viviendo un hecho extraordinario; algo que ocurría por primera vez en la historia del mundo. Como el rumor de la Tierra que precede y anuncia la llegada de un terremoto devastador, una profunda zozobra comenzó a crecer en mi interior, intuyendo que esto era solamente el macabro preludio del terror inimaginable que se cernía sobre nosotros. A mi lado, Esther susurraba frases de incredulidad ante lo que escuchaba y veía en la pantalla.

—Esto tiene toda la pinta de ser un acto terrorista, algo de guerra psicológica como en la antigüedad, cuando se catapultaban cabezas y cadáveres por encima de las murallas de los asediados. —Empecé también a pensar en voz alta, creo que para evitar que la tensión me reventase por dentro. Dar una explicación lógica a algo que no aparentaba visos de tenerla en modo alguno.

—Pues yo creo que esto tiene que ser obra de Dios… o del Diablo —dijo ella, casi en un lamento.

Esther siempre ha sido una fiel creyente, circunstancia que motivó durante años interesantes conversaciones y alguna que otra discusión al ir pendulando yo entre un humilde agnosticismo y el ateísmo más radical, según la época y mi necesidad de apoyo espiritual para poder sobrellevar la vida. Desde hace tiempo creo que Dios ya no cuenta conmigo para su lista de elegidos.

—No. Existen muchas otras razones más sencillas y verosímiles que habría que descartar antes de que pudiésemos hablar de la mano de Dios —dije, y ella me miró alzando una ceja—. Podría ser una manipulación más, orquestada por los gobiernos y sus medios de comunicación —en este momento recordé la abolladura de mi coche, pero proseguí—, o algún extraño fenómeno dentro de las leyes de la naturaleza. Incluso veo más factible que esto sea la primera fase de una invasión por civilizaciones alienígenas que estén usando nuestras estúpidas y arcaicas creencias contra nuestra estabilidad mental.

—Lo de estúpidas creencias no lo dirás por las mías, ¿verdad?

—No lo digo por ti. Lo digo en general. —Se estaba enfadando.

—Ya, pero yo entro en ese general —bufó—. De momento, tus causas tienen tanta validez como las mías —Sacudió la cabeza en incrédula negación—. ¿Realmente crees que esto está organizado por el hombre?

—Peores cosas se han visto.

—¿Como cuáles?

—Como las Guerras Mundiales, como los auto-atentados para justificar lo injustificable… entre otros muchos horrores caníbales. Siempre nos hemos organizado estupendamente para acabar los unos con los otros.

—Esto… es diferente —Apoyó su pequeña cara sobre una mano, mirando de soslayo al televisor—. Dios está intentando decirnos algo.

Los creyentes no suelen usar la lógica ni el empirismo; niegan de forma natural las evidencias en contra de sus creencias y te culpan cada vez que entras con una luz en la oscuridad, su amada oscuridad. Un creyente es, en esencia, un adorador del misterio, de lo oculto, y lo necesitan como el adicto necesita la sustancia que lo mantiene flotando. Es tan sencillo como eso.

—Pues yo creo —dije suavemente— que referirse a lo sobrenatural es poner de manifiesto que se niega, que no se puede asimilar nuestra naturaleza humana, su faceta perversa, orientada a la maldad. Si Dios quiere decirnos algo… ¿por qué no lo dice claramente y punto?, ¿por qué hay que estar siempre intentando clarificar si el mensaje es X o es Z y, encima, indagar si es Él o no quien lo expresa?

Esther me clavó la mirada, obviamente molesta.

—Muy bien. Imaginemos que vosotros, los escépticos, los incrédulos, estáis en lo cierto. Imaginemos que Dios no existe, que todo es una mierda mecanicista y que el hombre es un gusano hijo de puta capaz de todo con tal de engordar, sobre todo si es a costa de los demás. Supongamos que tenéis razón en todo, pero… ¿por qué os alegráis de que las cosas sean así?, ¿por qué os consideráis más inteligentes, evolucionados, que los creyentes?, ¿de dónde os viene ese aire de superioridad, ese regodeo en la crudeza, esos deseos de destruir las equivocadas creencias de los demás?

—Yo no me considero más inteligente que tú, ni estoy especialmente contento porque las cosas sean así. Pero en la vida pocas cosas hay que causen más daño que una creencia equivocada. Además, sois vosotros los que os sentís moralmente superiores a nosotros, por no hablar de ese paranoico complejo de persecución que ostentáis a la mínima ocasión. Y luego somos nosotros los malos, los diabólicos; pero las religiones han causado más guerras de las que se pueden contar, y la Inquisición se hinchó a quemar a gente viva. Me pregunto qué pensará Dios de todo eso —concluí.

Ella se levantó del sillón con un bufido de cansancio.

—Mira, por lo que a mí respecta, puedes seguir creyendo lo que quieras. Está claro que no nos vamos a persuadir mutuamente ni vamos a sacar nada de esto. Sólo déjame decirte que os veo francamente limitados para aprehender el universo en su grandeza, ciegos a las razones más allá de la Razón, encerrados y orgullosos de estarlo en vuestras trampas lógicas que poco tienen que ver con lo que ocurre ahí fuera.

—Muy bien, Esther, pues peor para mí entonces. Me alegro de que os sintáis queridos por Dios y siendo Uno con el universo. Ojalá yo pudiese también.

Durante unos minutos quedamos en silencio, mirando lo que nos ofrecía el televisor.

—¿Qué crees que debemos hacer? —dijo al fin, ladeando la cabeza para referirse al suceso probablemente más extraño acontecido en la Tierra.

Llevaba un rato pensándolo, así que las palabras fluyeron solas:

—Después de comer, voy a hacer lo que se suele hacer siempre en caso de incertidumbre extrema.

—¿A qué te refieres? —Sus ojos negros me miraron con interés.

—Voy a comprar y traer tanta comida y agua como sea capaz de cargar.

En los días siguientes el mundo estaba en plena ebullición de noticias. Yo iba a mi trabajo y volvía, por todas partes no se hablaba de otra cosa. Los gobiernos al unísono se apresuraron a emitir comunicados tranquilizadores, intentado evitar que el pánico se extendiese en una deriva hacia el terror. Decían básicamente que se trataba de un extrañísimo fenómeno meteorológico en estudio, similar a esas lluvias de piedras o pequeños animales que han quedado recogidas en la historia. Pero por la red numerosos grupos de investigadores independientes ya lo estaban desmintiendo. Y en diferentes partes del mundo, llegaban a dos conclusiones idénticas: los huesos caían desde una altura de cuatro kilómetros, sin importar el punto geográfico donde se recogiese el dato. Estos no caían sólo desde las nubes —como parecían afirmar los gobiernos—, sino que aparecían de la nada, a pleno cielo descubierto, como vomitados por bocas invisibles, pero siempre desde esa línea de los cuatro kilómetros. La segunda conclusión es que las pruebas revelaban que la antigüedad de los huesos en ningún caso era inferior al millón de años.

Por todo el globo se estaban produciendo grandes movimientos sociales, de carácter religioso en especial. Las epifanías y mensajes apocalípticos se sucedían. Las comunas beatíficas vieron crecer el número de sus integrantes de forma espectacular: lo dejaban todo y se iban a los campos a orar, a cantar la Buena Nueva, la segunda llegada del Mesías. Otros grupúsculos sectarios se conformaron de la noche a la mañana, como setas venenosas tras una lluvia tóxica; y ya comenzaban a crear disturbios e incluso casos de suicidio ritual colectivo. Además, la frecuencia de caída de los huesos, lejos de disminuir, estaba aumentando. Era evidente hasta a simple vista; Esther y yo pudimos ver desde la ventana de nuestro salón —que daba al parque y, por lo tanto, permitía una amplia vista sin edificios— caer no menos de tres o cuatro. Nos envolvía una terrible, macabra fascinación: ¿era esto el preludio de nuestra muerte?, ¿el fin de la humanidad?

—Tengo… tengo miedo, Juan —tartamudeó, mientras miraba al exterior—. Toda esta situación me tiene… descolocada. No sé qué pensar, no sé si el mundo se ha trastornado por completo. No sé qué será de nosotros…

—Yo también estoy asustado, cariño —Le cogí la mano—. Todos estamos igual; nadie sabe por qué está ocurriendo esto ni entendemos qué puede significar. Debemos tener paciencia y esperar a que se resuelva, sea lo que sea.

Esther negaba con la cabeza, como resistiéndose a mis bienintencionados pero evidentes intentos de transmitirle tranquilidad. Yo la conocía bien, no era una de esas personas que se dejan persuadir con facilidad, que incluso parecen estar deseándolo. Y nunca le gustó que la tratasen como a una niña pequeña.

—Creo que Dios nos está castigando.

Cuando las cosas pierden sentido, o son duras de asimilar, Dios aparece por la puerta.

—¡Venga ya, Esther! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que tú y yo nos merecemos que nos bombardee con huesos humanos? ¿Qué hemos hecho tan terrible, que no puedo recordar? Aparte de trabajar como cabrones, pagar impuestos y no saltarnos las leyes… ¿tan malos somos? Y los niños, los enfermos, la gente normal que sólo cometen el pecado de querer vivir en paz un día más… ¿también se lo merecen? —Me crucé de brazos, esperando alguna respuesta racional.

—No nos castiga como individuos, sino como especie… Tal vez sólo quiera abrirnos los ojos, que despertemos de una vez.

—Ah, vale… entonces es que es indiscriminado; lo sabe todo de todos pero no diferencia a nadie. Vaya, Esther, pues siento decir que tu Dios no se aleja demasiado de cualquier terrorista, según parece.

Me lanzó una mirada de hierro antes de responderme.

—Juan, haz el favor de no blasfemar con tanta facilidad. Tú sabes perfectamente lo que quiero decir; no tergiverses para atacar gratuitamente.

—No ataco por atacar, Esther, sólo intento desmontar una idea sin base de ninguna clase, bastante ridícula.

—Será ridícula para ti —replicó, como un disparo.

—Además, he notado un cierto respeto en tu voz cuando decías «blasfemar»… No temas su ira; pongamos que tienes razón y que Él existe, ¡ya nos está castigando! ¿Qué más has de temer?

Esther me miró como un niño travieso pillado in fraganti.

—Reconócelo, Juan: tú no creerías en Dios ni aunque lo vieses aparecer entre las nubes. Te gusta demasiado sentirte intelectualmente superior, blandiendo tu lógica como una espada de palabras. Él está por encima de eso. Él lo creó todo, incluyendo tu obcecado cerebro. Y sus designios son inescrutables, por definición.

—De acuerdo, cariño. Yo soy un chulo y un pedante, lo acepto. La mayor dificultad para conversar con alguien de creencias muy arraigadas, como tú, es la poca receptividad a escuchar otras teorías alternativas. Por eso, me gustaría que al menos tomases en consideración esas otras ideas. Seguro que te enriquecen, incluso aunque no fuesen ciertas.

—Yo no soy ninguna fanática, sólo te digo lo que sinceramente creo —Se recogió parte de su melena negra tras la oreja—. Muy bien, imaginémoslo al contrario: tú tienes razón y la mano de Dios no está tras lo que está ocurriendo… dime, ¿qué explicación le encuentras a que lluevan huesos del cielo?

Me gustó que quisiera escucharme.

—Pues verás —comencé—, pienso que debemos partir de dos hipótesis para explicar las causas: la primera, Interna: esto está siendo obra del hombre, de los gobiernos. Una manipulación más para dirigirnos como el inmenso rebaño que somos hacia donde les convenga, como con los ataques de falsa bandera y el fenómeno O.V.N.I. en el pasado. Seguro que pronto nos meten a todos en campos de concentración blindados, dirán que para nuestra «protección», por «seguridad»… eliminando tantos derechos adquiridos… En el fondo, lo que quieren es sacrificar gran parte de sus cabezas de ganado, pues el rebaño se ha vuelto demasiado grande, e incontrolable.

—Eso suena muy conspiranoico, ¿no? —Se sonrió, un tanto burlona—. Muy Nuevo Orden Mundial, Illuminatis… pensaba que tú no creías en esas cosas. —Me guiñó un ojo, devolviéndome la pelota de la «puerilidad de las creencias».

—Y realmente no creo en ello a pies juntillas, pero es una probabilidad que está ahí; ¿por qué habríamos de descartarla? Muchas pruebas son incontestables, y eso no tiene nada que ver con lo que uno cree.

—Habría que ver también quién presenta esas pruebas, cómo y si no es otra manipulación más, a su vez —añadió Esther.

—No te diré que no —le reconocí—; pero que los gobiernos nos engañan y manipulan desde que existen es una obviedad fuera de toda discusión. La segunda hipótesis es Externa, menos probable para mí que la primera, pero tampoco descartable. La lluvia de huesos puede estar causada por entidades no humanas, de fuera de la Tierra o incluso de otras dimensiones…

—¡Ésa sí que es buena! —Esther se carcajeó con ganas, como no lo había hecho desde que empezó la pesadilla—. ¿De otras dimensiones dices? Un poco alucinante, ¿no te parece?

—Sí, claro, pero es otra opción no desdeñable. Los huesos «aparecen» de la nada, a cuatro kilómetros de altura, ¿recuerdas? ¿Eso te parece normal, natural, explicable?

—Suponiendo que lo que dicen sea cierto, no lo olvides.

—De acuerdo, suponiendo que sea así. Fíjate, Esther, ¿te das cuenta de tu resistencia a aceptar esa mera posibilidad? ¿Ves cómo te parece una infantilada propia de las pelis para críos? Tal vez es justo lo que pretenden que creamos, y llevan trabajando en ello muchos años, con buenos resultados, evidentemente. Tu reacción es un claro ejemplo, y seguro que es mayoritaria en la sociedad.

Esther bufó, mordiéndose el labio inferior y negando con los ojos mirando hacia los cielos, como pidiendo fuerzas a su Dios para soportar tantas tonterías.

—Bien, sigamos con tu hipótesis —Parecía divertida—. ¿Y por qué esos seres del espacio exterior no llegan y directamente nos destruyen, nos esclavizan, nos devoran o lo que diablos se suponga que quieren hacer con nosotros? ¿Para qué tantos rodeos? Parece que no es sólo mi Dios el que actúa con claves —Me miró con sorna, ladeando la cabeza, sabedora de su gancho a la barbilla dialéctico.

—Ni tan siquiera te estoy diciendo que yo piense que ésa sea la causa —me defendí—, sólo te pido que valores la hipótesis, la idea… Cuantas más aportemos, más cerca estaremos de…

Esther gritó de repente.

—¡Mira, mira! ¡Ven rápido! —Con los ojos como platos, estaba señalando a través de la ventana.

—¿Qué pasa? —Me alarmé, mientras corrí hacia ella.

Se escuchó un fuerte impacto seco de algo rompiéndose en la calle. El sonido llegó perfectamente hasta nuestro segundo piso.

—¡Lo he visto! ¡Lo he visto caer! —Estaba acelerada—. ¡Era como un costillar, Juan! ¡Mira! ¿No lo ves allí, junto a la señal de prohibido?, ¿aquello blanco?

En efecto, había unos fragmentos blanquecinos junto a la señal, como un arpa de hueso rota. Los huesos de un costillar, desperdigados.

—¡Qué horror, Juan! —gimió, girándose para abrazarse a mí.

La estreché contra mi cuerpo, apoyando la mejilla sobre su cabeza.

Mientras observaba cómo algunos curiosos se acercaban hasta aquellas costillas rotas, sentí que la inmensa boca del Infierno se abría ante nosotros.

Durante la semana, los hechos se precipitaron día a día, con creciente velocidad, como una bola de nieve echada a rodar ladera abajo. El mundo se convulsionaba con noticias extraordinarias que se habían vuelto cotidianas. Ahora lo normal era asomarse a la ventana y ver caer, cada pocos minutos, algunos huesos aquí y allá; su frecuencia seguía aumentando progresivamente, sin diferencias significativas en ningún lugar del mundo. Aunque sí se había detectado un incremento considerable en las grandes zonas urbanas respecto a las más despobladas.

Los gobiernos se unieron a la corriente de los investigadores de la red, a su línea de información —como si nunca antes la hubiesen desprestigiado con mil artimañas—. Afirmaron que los huesos eran humanos, y que el más reciente de los estudiados databa de unos cien mil años atrás. Se habían creado unidades especiales del ejército dedicadas a la recogida de estos restos. En los primeros momentos pudimos verlos clasificándolos en bolsas, escribiendo datos en ellas; pero ante la magnitud de la tarea y la creciente intensidad de la lluvia, pronto se limitaron a limpiar las calles con la mayor celeridad posible, como si de un cuerpo de barrenderos forenses se tratase. Ya se contaban por centenares los muertos debido a impactos de hueso a lo largo y ancho del planeta. Desde los medios se recomendaban medidas de protección para salir a la calle, y pronto los cascos y paraguas reforzados fueron una prenda de vestir más. El mundo vibraba, aguantaba la respiración, sobrecogido en un estupefacto estado de shock.

Esther lo llevaba cada vez peor, no podía asimilar la deriva que los acontecimientos estaban tomando. Se estaba desquiciando, y sería injusto culpabilizarla por ello. Desde mi opresión, yo intentaba mantener un mínimo de equilibrio y cordura, una pequeña luz de esperanza en que la lluvia cesase de una vez y que el mundo volviese a ser el horror que ya conocíamos, no esta aberrante, nueva pesadilla. Aunque lo cierto es que mis ideas no podían ser más negras y depresivas.

Tras la cena, que apenas tocó, Esther volvió a su verborrea neurótica. Se estaba desesperando en la búsqueda de un sentido, en descifrar el mensaje que Dios nos enviaba desde el cielo. Yo empezaba a pensar que, tal vez, no hubiese ningún sentido tras el fenómeno.

—¿Te das cuenta? —comenzó Esther, mientras recolocaba la mesa—. Nos está arrojando huesos desde el pasado más remoto para acercarse poco a poco a nuestro tiempo. ¿Qué quiere decir eso? ¿Nos está reprochando el que hayamos olvidado a nuestros muertos, a todos los que sufrieron para que hoy estemos aquí? ¿O será un castigo por enterrar tantos crímenes en el olvido, y seguir cometiéndolos de la misma manera, como si no aprendiésemos nada de ellos?

—¿Qué importa, Esther? —le contesté—. ¿Qué importa que sea por una u otra razón por la que nos castiga así? Ya ha matado a cientos, y no parece que le sean suficientes.

—Pero, tal vez si descubrimos justo lo que quiere de nosotros y comenzamos a actuar así, detenga esta lluvia de muerte. Cuando le demostremos que hemos aprendido la lección al fin.

—¿Cómo actuará Él si no descubrimos la respuesta a su retorcida adivinanza? ¿Pretende convertir el mundo en un cementerio silencioso, cubierto de huesos? Vaya un Dios vengativo que tienes, no sé ni cómo puedes creer en Él.

Esther obvió mi envenenado reproche.

—No, yo no lo veo así, Juan. Él es nuestro Padre, y actúa como tal, siendo incluso duro cuando es preciso serlo. Nos dio la libertad y mira lo que hemos hecho con ella… Tal vez haya llegado el momento de recibir nuestro correctivo, sin el cual es seguro que acabaríamos cayendo en el abismo de nuestra autodestrucción.

—No existe locura que no encuentre su justificación —casi suspiré.

—¿Me estás llamando loca? —preguntó, con los brazos en jarras.

Me pasé la mano por la cara, como si me la quisiera borrar, antes de contestar.

—No, cariño. Sólo digo que hasta la más disparatada creencia tiende a revestirse de una justificación pseudo-lógica que la permita presentarse en público con aspecto racional, aunque en esencia sea un completo sin sentido.

—Puedes pensar lo que quieras… —Desvió la mirada hacia la lluvia intermitente del exterior.

—O sea… que tú verías normal, por ejemplo, que yo castigase a mi hijo golpeándole hasta matarlo, aunque supiese desde sus primeras lágrimas que él no entendía por qué lo castigaba, ¿no? ¿Así piensas?

—Una vez más, tergiversas, atacas, sin querer comprender —suspiró, alisándose la blusa—… Está bien, Juan. Ha sido un día duro, me voy a la cama. Buenas noches —dijo, sin mirarme, cruzando la puerta.

—Buenas noches, pronto iré yo también —solté, casi como una frase hecha.

Sé lo que a ella le hubiese gustado, lo que esperaba de mí, como casi todas las mujeres: que me anticipase a sus deseos y actuase conforme a ellos, sin una sola palabra, sin preguntas, como prueba definitiva del conocimiento de su alma y mi amor por ella. ¿Cómo no conocer este viejo juego teatral y sus reglas? Ella esperaba mi comprensión, un mayor acercamiento a su credo, que rezásemos juntos por el fin de la pesadilla. Dios sería una mujer si existiese, estoy seguro. Lo siento, Esther, nunca tuve vocación de actor, de interpretar un papel en las antípodas de mis ideas y sentimientos. Siento haberte defraudado. A mí también me hubiese gustado que comprendieses la absoluta desolación de quien no tiene dónde agarrarse.

Me quedé a oscuras en el salón observando por la ventana el caer de los huesos, recortándose contra las estrellas.

La lluvia no cedía. Más al contrario, parecía que cada día llovía con más fuerza que el anterior. Los huesos se iban amontonando a los lados de las calles, sin que el tiempo diese abasto para su retirada. Algunos grupos de voluntarios —los «limpiamuertes», se les dio en llamar— intentaban facilitar la labor del ejército acumulando las osamentas en determinados puntos, como impíos altares levantados en honor a algún dios del averno. El trauma se extendía como una fiebre, imposible de parar. Estábamos perdiendo lentamente la cabeza, los referentes, los nervios… sometidos a esta incertidumbre sobrenatural de visos apocalípticos. El colapso, buscado o no por quien estuviese detrás de todo esto, se veía venir. Para colmo, estaban diciendo que los últimos huesos recogidos y estudiados databan de hace unos dos mil años. Y muchos presentaban huellas de violencia, signos de tortura… esos detalles morbosos vomitaban las pantallas, como si no tuviésemos suficiente mierda encima con todo lo que nos caía sobre las cabezas.

—¿Lo ves? —dijo Esther, con sus ojeras cada vez más oscuras, profundas—. Dios nos castiga con los restos de nuestros crímenes, para que no olvidemos tanto mal causado… ¿Te das cuenta, Juan?, ¿de todos los millones de inocentes muertos por nuestra propia mano, por nuestra locura?

La escuchaba, una vez más su beatífica perorata, a la que se agarraba su mente como si allí fuera a encontrar la salvación; y escuchaba el golpear de los huesos en la calle, ahora constante, sobre los coches, los tejados, sobre cada objeto a la intemperie, como mazas orgánicas de lo que una vez fueron personas… Deseé estar muerto, como ellos. Lo confieso.

—Esther… eso no puede ser —dije, realmente cansado—. Aunque nos arroje a todas las víctimas inocentes de la historia encima, simplemente, no puede ser…

—Tal vez, no sean sólo los asesinados de forma premeditada y violenta, sino todas las personas que han muerto en el mundo desde que el hombre existe. Tal vez esté vaciando los cementerios, las fosas comunes, sacando fuera todo lo que está bajo tierra… mostrando lo que somos en realidad una vez despojados del regalo de la vida, sin parar hasta que nosotros cambiemos. Hasta que creamos en Él.

—Ni siquiera así, Esther… ¿cuántos miles de millones han muerto desde el origen? Yo no lo sé pero, sean los que sean, es imposible que sean tantos como para cubrir no sólo las ciudades del mundo, sino la inmensidad de la Tierra, como parece estar ocurriendo.

Dio unos pasos por el salón, nerviosa, como buscando los asideros para que su teoría no se hundiese por completo, junto a ella.

—A lo mejor los está multiplicando, como los panes y los peces, con tal de que comprendamos, al fin…

Guardé silencio, agotado de pensar en vano. Me pulsaban las sienes. Notaba cómo el estrés recorría también mi cuerpo. La sensación de impotencia, de no poder hacer nada significativo por cambiar nuestra suerte era total. ¿Qué pueden hacer dos personas para detener el Apocalipsis?

Esther miraba a través de los cristales, llorosa.

—Puede que nos esté castigando a ti y a mí, por no haber tenido un hijo. Creced y multiplicaos… —dijo, casi para sí misma.

El reproche, siempre ahí clavado, como un oxidado cuchillo ritual de los Incas.

—No me vengas otra vez con eso, Esther —rogué, hastiado—. Pensar que lo que sucede en el planeta depende de lo que tú y yo hagamos… es de un egocentrismo solipsista extremo…

Ella callaba.

—¿Te imaginas lo que hubiese sido tener un hijo? —proseguí—. ¿Te gustaría que nuestro hijo estuviese por aquí ahora, siendo víctima junto a nosotros de esta locura? A veces pienso que, no trayéndole a este mundo de mierda, lo he querido y respetado mucho más que tú.

Esther se giró hacia mí, con ojos sorprendidos, furibundos…

—¿Qué coño estás diciendo? —explotó—. ¿Cómo me puedes decir eso? Yo le hubiese dado una vida llena de afecto, digna de ser vivida… Y si esto es el final, al menos hubiese tenido la ocasión de estar vivo, de poder respirar y conocer qué significa esta experiencia. Ahora, ahora ya… —se le crisparon los labios— nunca podré… ver su cara…

Se acercó a mí, con lágrimas resbalando por sus mejillas.

—Eres un cobarde… ¡Un egoísta de mierda!

Y en lugar de golpearme a mí, dio un manotazo al plato de cristal sobre la mesa, que voló hasta hacerse añicos contra el suelo, justo antes de salir corriendo hacia nuestro cuarto. Escuché el portazo al final del pasillo, a galaxias de distancia.

Vaya asco…

Me levanté al rato con pesadumbre, a por la escoba y el recogedor para barrer los pedazos de cristal por todo el salón. Lamenté todas y cada una de mis palabras, la forma de expresarlas. Lamenté mi estúpida soberbia, mi falta de sensibilidad hacia su estado emocional. Lamenté estar junto a ella, no haberla dejado libre, que encontrase a cualquier otro que le transmitiese la felicidad que yo jamás sería capaz de brindarle. Mientras arrastraba con la escoba los brillantes fragmentos hacia el recogedor, sentí unas inmensas ganas de llorar, como ya ni recordaba. Ella tenía razón. Soy un cobarde, por no querer un hijo y cuidarlo junto a ella, por no alejarme, por no atreverme a vivir sin verla cada día. Y soy un egoísta de mierda, porque he unido su destino al mío.
Porque es la única persona en el mundo a la que he amado con toda mi alma.

Ya apenas podía salirse a la calle, era poco menos que un suicidio. El ejército había intentado mantener las vías abiertas con sus vehículos blindados, dotados de palas similares a los quitanieves, pero era imposible. La lluvia seguía cayendo con fuerza, inagotable. Poco a poco se fueron replegando hacia los pabellones de protección, donde éramos instados a acudir por nuestra seguridad. Allí se estaban concentrando las fuerzas, los recursos a la espera de que el infierno cesase. Muchos acudieron, aterrados. Otros muchos aguantábamos semi-atrincherados en nuestras casas, igual de aterrados.

En algunos lugares habían empezado a caer cuerpos enteros, momificados, también con signos de violencia. Eso dijeron por la radio oficial, aunque nosotros aún no habíamos visto caer ninguno. Las emisiones de televisión habían cesado su actividad, no podíamos sino imaginar qué estaba ocurriendo en el exterior, pero sin ninguna certeza.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Esther, demacrada.

—Creo que lo mejor es que resistamos aquí, hasta que todo pase. Algún día tiene que terminar, por fuerza; aquí tenemos comida y agua para meses. Porque ahí fuera… ya no sabemos ni lo que está en verdad pasando, Esther.

Se acarició la barbilla, inquieta.

—¿Y si nos fuésemos de la ciudad, Juan? A lo mejor lejos de ellas no caen tantos, como era al principio, ¿recuerdas? Unirnos a alguna comuna, o meternos en alguna caverna bien alta. O ir a los pabellones…

Sonreí con tristeza. Aunque odiase ser tratada como una niña, a veces era justo eso lo que parecía. Una niña fantasiosa, imaginativa… casi podía ver la niña que fue con diez años justo delante de mí, ahora. Imaginando cómo es el mundo desde su creatividad, sin los límites de la razón.

—Nuestro coche debe estar ya destrozado, cariño, bajo un montículo de huesos malolientes; y aunque no fuera así, piensa en el peligro… si allí están cayendo igual que aquí… Y de los pabellones, ¿recuerdas lo que te dije de los campos de concentración? Míralo, ahí los tienes…

—¿Por qué has de pensar siempre mal? A mí me parecen lógicos, un servicio para la población. Si nos quisieran muertos, ¿para qué tomarse tantas molestias?

—No sé, no lo sé… llámalo intuición, pero siento algo muy oscuro en torno a eso. Apenas se ha dicho nada de ellos, cómo viven los que han ido allí, ni una imagen de cómo son por dentro, sólo por fuera…

—Las televisiones han caído, no habrían podido dar más información. Todo se precipita rápido, demasiado rápido… bastante se está haciendo por intentar salvarnos.

Vi un cuerpo entero caer, creo que desnudo, amarillento. Esther estaba de espaldas a la ventana, así que no pudo verlo, por fortuna. No dije nada, pero el sobresalto me produjo un profundo escalofrío. Creo que ella no lo notó. Cerré los ojos y me apoyé sobre una mano, intentando serenarme. Ella pensaría que estaba reflexionando en sus palabras. Había captado algo de su expresión. Con la boca descolgada. Horrible…

Respiré hondo.

—Tal vez sea justo eso lo que quieren. Que vayamos, no sé para qué, prefiero ni pensarlo, pero que vayamos. Desde el principio. Puede que ése sea el objetivo final, por lo que todo esto está ocurriendo…

—¿Aún piensas que esto puede ser un teatro artificial? —Me miró, escéptica.

Demasiado grande, para cualquiera, me temo.

—Francamente, Esther, no sé qué pensar. Ya no sé qué pensar.

Ella suspiró, mirándose las manos.

—Dios proveerá —dijo, con la voz cargada de duda.

—Ojalá tengas razón, cariño. Pero de momento, nos quedamos aquí —sentencié, antes de levantarme y salir del salón.
Aquella boca abierta…

Siempre me llenó de horror la idea de una muerte lenta. Día tras día, semana tras semana, era justo lo que nos estaba ocurriendo. Se dice que la esperanza es lo último que se pierde, pero no es cierto: nosotros ya hacía mucho tiempo que la habíamos perdido. La lluvia de restos humanos no se iba a detener, ya lo sabíamos. Íbamos a morir enterrados vivos bajo toneladas de carroña formada por nuestros ancestros, familiares, amigos… Sí, la cuenta regresiva del demonio que creó este infierno había alcanzado el presente. Ya estaban cayendo los cuerpos de personas fallecidas pocos años atrás. Es difícil describir con palabras el profundo horror que satura la mente, que dispara los nervios en una corriente eléctrica continua, que destruye la capacidad de pensar con claridad, de comer, de dormir… como muñecos rotos, destensados… Ver los cuerpos caer desde el cielo lenta, desmayadamente, como en una grotesca burla sin fin de la mínima dignidad inherente al ser humano. Ah… el espantoso estampido al reventar contra los tejados, cornisas, barandillas de balcones… las amputaciones, las manchas de sangre y vísceras… La calle se había convertido en un cementerio abierto, sin tierra, revuelto varias veces sobre sí mismo. Los cuerpos amontonándose los unos sobre los otros, entremezclados en posturas imposibles. Y cuando otro caía, fracturándose de horrendas maneras contra los yacentes, parecía transmitir a estos una onda de movimiento, una momentánea vida innatural hasta que se recolocaban en nuevas posiciones inertes.

Soñé con estar muerto.

La radio hablaba y hablaba, sin parar. Decía que los caídos eran fallecidos de los últimos treinta años. Se había investigado, reconocido y localizado a personas concretas. Habían ido a sus tumbas a exhumar sus cadáveres… y allí no había nada.

Pero yo ya no me creía nada. Ni una sola palabra. De algún modo, ellos estaban detrás de todo esto.

O tal vez no, y Esther había tenido siempre razón. Tal vez debí hacerle caso desde el principio. Tener un hijo, rezar a Dios, alejarnos de la ciudad…

Ahora ya nada de eso era posible.

Mi querida Esther, quebrada, hundida por completo. Ya no se levantaba de la cama. No podía, no quería… cómo saberlo. Ya no comía nada, y lo poco que conseguía meterle en la boca, a la fuerza, lo echaba al poco rato. Intentaba hidratarla, pero la mayor parte del líquido se le derramaba por las comisuras de los labios. Su rendición era absoluta. Lo había intentado todo. Todo, por insuflarle vida, una minúscula luz de porvenir… todo en vano. Sólo decía que la despertara cuando el mal hubiese pasado. No podía soportar verla así, ni saber cuántas fuerzas me restaban, ni cuánto tiempo resistiría en pie, antes de perder la cabeza sin remedio.

Siempre fui una persona capaz de ponerse en lo peor, de calcular los más nefastos escenarios que el futuro pudiese traer consigo. Durante los primeros días pensé en esta posibilidad… que se ha cumplido. Y preparé también una solución: me informé a conciencia, compré los medicamentos, las jeringuillas, apunté las mezclas, las dosis… deseando, rezando al Dios de Esther por no tener que emplearla jamás, pero guardándola en un lugar seguro. Temblaba de sólo pensar que ese momento pudiese alcanzarnos… ese momento que ya casi estaba aquí.

Imaginé cuáles debieron ser sus pensamientos justo antes de caer en este pozo. Imaginé su frustración ante la indiferencia, el desprecio que Dios hacía de sus oraciones, sus sentimientos, su fe. Imaginé cómo éste desaparecía de su mundo interior, persuadida de que siempre había estado equivocada, quedando en su lugar la devastación del vacío, de la existencia materialista, absurda, sin sentido… o tal vez fuese justo lo contrario: su fe era tan fuerte que su cerrazón significaba la entrega absoluta a Dios, el deseo imparable de unirse a Él. Jamás podría saberlo porque Esther ya no estaba conmigo. Sólo sé que sufría, sufría, sufría sin pausa… No, el momento había llegado. Habíamos chocado contra el límite incompatible con la vida, y la lluvia seguía cayendo.

Me levanté de su lado y me dirigí a preparar las dosis, las de ambos, que detendrían nuestros corazones, nuestro sufrimiento, para siempre. Y mientras mezclaba aquellas sustancias en la cocina, recé con todas mis fuerzas a Dios para que dirigiese mi mano con firmeza.

Para que nos liberase a los dos del Infierno en la Tierra.

Ya no sufre.
Ella ya no sufre.
El martillo golpeaba sobre la cabeza del clavo.
Esther ya descansa en paz, libre del dolor.
Libre de toda esta mierda, para siempre.
Con el dorso de la mano me secaba las lágrimas. Y seguía golpeando.
Es lo que ella hubiese querido. Para mí también.
Ahora está con su Dios.
Otro más. La segunda balda quedó clavada al marco de la puerta de nuestro dormitorio.
Que ya nunca más lo sería.
Que ahora era el mausoleo para el cuerpo de Esther.
Descargué con fuerza, rabioso; que la intensidad de los golpes igualase a la de los que llegaban de fuera.
Pronto estaremos juntos de nuevo, Esther. 
Como siempre, para siempre.

Las cuatro baldas quedaron firmemente sujetas, bloqueando la puerta. Ya no podría abrirla por más que quisiera, por más que la tentación me volviese loco por completo.

Todas las noches, hasta que me alcanzase el final, vendría aquí, a arrodillarme frente a las baldas para rezar al Dios de Esther. A suplicar con todo mi ser para que su voluntad protegiese su alma del infierno que nos engullía.

Para que su cuerpo no formara parte de la lluvia de castigo.

Ya no podía comer nada sin vomitar. Mi estómago se había cerrado. A duras penas podía beber y respirar el aire infecto, e intentaba moverme lo menos posible para no agotarme aún más. Estaba entrando en agonía, lo notaba en la propia sangre, cómo el fin corría hacia mí, un animal salvaje e impío.

En la mesa del salón, la jeringuilla vacía de Esther descansaba junto a la mía, llena del líquido incoloro hasta arriba. Estaba apurando mis últimas horas de vida, lo sabía con rotundidad, resistiéndome con vano sufrimiento al abrazo de la muerte, como queriendo ser el orgulloso último testigo del Apocalipsis contra la humanidad. La radio seguía hablando y hablando sin parar; cambiaban los locutores, pero no la aberración, la locura inherente en sus mensajes. Era tan increíble, dislocador e inhumano lo que decían, que mi mente no lo podía asimilar de ninguna manera, como si se tratase de un idioma extranjero. No podía creer que seres humanos estuviesen diciendo todo aquello sin desmayarse o vomitar. Así que la rabia me dio las fuerzas que me faltaban para agarrar la pequeña radio y dirigirme con ella hacia la puerta del balcón. A través del cristal vi la llanura sinuosa de cuerpos, que pronto alcanzaría nuestra altura; los negros hilachos de moscas que los sobrevolaban sin poder parar, como un humo furioso y vivo. Respiré profundamente dos veces antes de contener la respiración y abrir de golpe la puerta. A pesar de ello noté el hedor insufrible, intentando penetrar en mis fosas nasales al tiempo que en mis oídos estallaba el colosal zumbido de las moscas, como una gigantesca radial orgánica, y el chocar húmedo de los cráneos, las quebraduras, los impactos secos… Lancé con todas mis fuerzas el aparato de radio que fue engullido por la lluvia en un instante. Rápidamente, me apresuré a cerrar la puerta, pero por el rabillo del ojo algo en el balcón me llamó la atención. Miré y vi el cuerpo de un chico, de unos siete años, sentado en una postura rota, apoyadando la cabeza contra uno de los muretes del balcón. No sé por qué, las cuencas aparecían como horadadas en la carne. Sé que no podía verme, pero me miraba, eso lo sabía, como en una iluminación de certeza. Del cráneo abierto colgaba masa encefálica como un parche carnoso de pirata, al que se le hubiese cortado la goma. Me sonreía. El niño, con sus labios muertos, destensados, me sonreía…


Aquellos cuerpos maltratados, a los que se había negado el descanso de la tumba; aquellas caras lívidas, torturadas tras la muerte, empezaban a amontonarse tras la ventana del salón. Yo me sentía ya como ellos, desfallecido, con el organismo a punto de colapsar. Sabía que, en cuanto me tumbase, no podría volver a levantarme jamás. Pero estaba contento. Contento, sí. Porque de entre mis delirios y alucinaciones conseguí arrancar una solución para Esther y para mí. La forma de que nuestros cuerpos no fueran dos gotas más en la lluvia de castigo. Recé para que mis últimas fuerzas resultasen suficientes para culminar mi labor.

Tomé una pila, un pequeño montón de los cientos de libros desperdigados por el suelo, acumulados durante décadas por todas las estanterías de la casa, y me dirigí hacia la puerta de nuestra habitación, donde el fuego debía arder más voraz.

Ojalá todavía sigas allí, Esther.
Perdóname por ser incapaz de comprobarlo.
Perdóname por haber tardado tanto en encontrar una solución.
Espero que aún no sea demasiado tarde.

Empecé a arrancar las páginas a puñados y a meterlas bajo la puerta, acumulándolas contra ella cuando ya no pude meter más. Apenas terminé con los libros fui a por más. Y más, y más… miles de páginas leídas, compartidas y comentadas con Esther, ahora nos brindaban un último servicio, un acto de amor, como el abrazo de un viejo amigo antes de despedirse para siempre. Cuando amontoné un buen cúmulo de ellas frente a la puerta, que estimé suficiente, comencé a retroceder por el pasillo, agotado, dejándolo alfombrado de páginas y más páginas. Así seguí, cada vez más despacio; pero seguí, durante horas, esparciendo el alma de los árboles vestida con las ideas de los hombres, por toda la casa. Y mientras lo hacía tenía que enjugarme las lágrimas, que en otro tiempo hubiesen sido de dolor, pero que ahora eran de puro agradecimiento. Después fui a por el bote de alcohol del cuarto de baño. Comencé a mojar el montón de hojas frente a la puerta de Esther. Se terminó pronto, así que me dirigí a la cocina a por una de las garrafas de aceite que nos quedaban, y proseguí empapándolo todo, en zig-zag por los pasillos y habitaciones. El piso debía convertirse en un inmenso horno y, tal como lo había dejado, no dudé en que así sería. Al final, reservé algo de aceite para embadurnarme la ropa con ella. Calculé que me daría tiempo, que cuando el fuego alcanzase el salón, la dosis ya me habría matado. Eso esperaba.

Ahora, mi momento había llegado. Siempre imaginé que no podría dar ese paso en el instante de la verdad, que la emoción se impondría a la sangre fría, que mi mano flaquearía al ir a empujar el émbolo, rindiéndose. Pero no fue así cuando inyecté a Esther; nada de eso ocurrió. Porque lo que no podía imaginar entonces es que la vida pudiese quedar reducida a un sufrimiento tan atroz, tanto como para convertir a la muerte en la solución más deseable. Sonreí al pensar que, en unos minutos, terminaría todo… Me agaché a coger una página aceitosa y saqué mi mechero del bolsillo. Hice una bola con ella y le prendí fuego, lanzándola lejos de mí. La llamarada brotó como un surtidor del suelo, y se expandió en una sábana de gas anaranjado. Entré en el salón y cerré la puerta. Daría tiempo a la dosis.

Al girarme, me sobresalté ante la visión; la mano se me aferró al pecho, como si el corazón hubiese querido devorarse a sí mismo. Porque la masa de cuerpos que se comprimía fuera contra los cristales se movía. Los ojos muertos miraban, las manos, las caras se arrastraban por la superficie transparente con sus muecas grotescas. ¿Se estaban riendo algunas, sufriendo bajo el peso otras? Vi abdómenes, piernas, brazos retorciéndose, cambiando de posición dentro de la aplastada ola de carroña. Habían cobrado vida, o algo colosal estaba buceando por el mar de carne, generando estas ondas que transmitían la apariencia de vida a los muertos.

El olor a humo me sacó del trance.

Concentré mi pensamiento en los pequeños pasos a seguir, tal y como los había memorizado y ensayado mentalmente docenas de veces. Tal como los practiqué con Esther. Me senté en el sofá y me arremangué el brazo izquierdo. Intenté no escuchar el rumor amortiguado que llegaba de fuera; era el de siempre, pero traía algo más. Palabras sueltas, frases cortas… estaban hablando. Estaban tratando de decirme algo. Pero no los miré. No me importaba lo que fuera. Pasos, los pasos. Cogí la jeringuilla, estaba vacía. Me había equivocado, cogiendo la de Esther. Entendí. Una de las palabras, ¿había sido una palabra? ¿o interpreté un ruido? Da igual, fuera de mi mente. Con mano temblorosa agarré mi jeringuilla, le quité el capuchón. ¿Alguien ha gritado en el pasillo? Compruebo el líquido cristalino. Dejo la jeringuilla sobre la mesa y me busco la vena con los dedos. Otra palabra. ¿Ésa sí lo era, verdad? Ahora no puedo fallar. Recojo la jeringuilla y acerco la aguja a la vena. La punta tiembla. Respiro hondo. Huele a humo, a putrefacción. Clavo la aguja. Aprieto el émbolo con el pulgar. Siento el fino, agudísimo dolor del líquido entrando. Ya está Esther, cariño, ya está. Escucho un extraño sonido. Aprieto fuerte los párpados. El émbolo sigue bajando, hasta el final. Cesa el dolor agudo y retiro la aguja. Espérame Esther, ya llego contigo. El brazo me arde por dentro. Me reclino en el sofá, replegando mi brazo izquierdo contra el pecho. Quiero mantener los ojos cerrados, pero algo me obliga a abrirlos. Veo las caras y en ellas las desdentadas bocas como pozos. Hablan. Todo se nubla, lentamente. Escucho ruido como de agua dentro de los oídos, pero a través del ruido, entrando como una lanza llega esa larga frase que sale de sus bocas. Y comprendo sin quererlo comprender. No puede ser que hayan dicho eso… Qué débil me siento. ¿Por qué no puedo moverme? Esto es morir, entonces… no es agradable, no es como… dormir, no. Ardo por dentro. Me hundo en mí mismo. El mundo se aleja, se disuelve en negro; pero sus voces se acercan, como en una lenta avalancha, más y más próximas sus palabras, cucarachas que entran en mi cabeza con su mensaje incontestable…

Revelador.
Nítido.
Cercano…
*
Todo es oscuridad. Mi cerebro debe estar muriendo, ¿o estoy muerto ya? Siento mi mente fragmentada, confusa, ilógica. Sus ideas y las mías se entremezclan, no puedo distinguir entre ellas. Hablo con sus voces, y ellos hablan con la mía. Me han mostrado cómo se siente el mundo sin ser dirigido por un ego encerrado en una persona. La carne es una prisión pero la mente procede de la actividad de la carne. Qué odiosas, indescriptibles sensaciones. Me gustaría pensar que vuelo en el torbellino de una inmensa pesadilla; pero no, sé que esto es algo bien distinto, crudo… ¿Estoy muriendo, verdad? Atisbo entre la confusión lo que la realidad es sin mí, la verdad objetiva que tanto busqué. ¿Por qué hacen eso? ¿Estuvieron siempre aquí, ocultos? Siento que morir es mucho más angustioso de lo que jamás imaginé. Frío. Absurdo. Tanta soledad… Me estoy disolviendo y no hay nada ni nadie humano conmigo en este último segundo tan importante; tan, tan importante… suplico porque Dios esté también ahí y me esté escuchando. ¿Por qué les sacan… eso del cuerpo? ¿O se lo están introduciendo? ¿Qué… qué es todo aquello, Dios santo? ¡Dejadlo en paz! ¡Dejadlos en paz ahora! Oh Dios, si estás ahí por favor… apiádate de mí. No les permitas eso… eso no es posible en tu Reino. Dios, los escucho a ellos pero a ti no. Acoge mi alma, por lo que más quieras, no les permitas acercarse…

Dios mío por favor, tienes que ayudarme…
Están aquí.
Están aquí dentro…
Dios… no lo permitas…
¡Ayúdame!
¡Ayúdame!

*
Las olas de cuerpos rompían contra los edificios silenciosos y después retrocedían, en una infinita resaca de corrupción orgánica. La brisa que acompañaba era una nube de moscas negras. Millones de brazos, de manos sin fuerza, millones de pechos sin aire, millones de abdómenes blancuzcos, amarillentos, millones de piernas que ya nunca andarían, millones de caras privadas del sueño eterno, con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, entremezclándose en las mareas de un mar creciente que desbordó los límites de los suburbios, expandiéndose en una lenta avalancha de cadáveres que fue tomando los campos, en busca de la unión con otros mares para conformar el océano que cubriría el mundo y sus viejos pecados; mientras, la lluvia seguía cayendo…

Cayendo sobre el océano de carne de la humanidad.